2012-07-24 08:30:00 - Él tuvo compasión (Lucas10.33) (Timothy RADCLIFFE)

El Samaritano vio al hombre que estaba tendido al borde de la carretera y tuvo compasión. Esto significa literalmente que se “le removió el estómago”. Fue tocado en lo más hondo de su ser. La palabra “compasión” significa sentir con alguien. Es bueno sentir por alguien, esto es parte de la compasión, pero se podría percibir como algo indulgente y paternalista. Yo debo sentir también con ellos, prestando atención a cómo ELLOS sienten y a cómo ellos ven las cosas.

Así pues, éstas son las dos caras de la compasión: debo ver a la persona como un ser humano igual que yo, como mi hermano o mi hermana. Y debo también aprender a verlos como algo diferente a mí, como fruto de sus experiencias únicas y al que no puedo conocerlo totalmente. Hace dos días, cuando hablaba del amor, dije que éste implicaba que había que acercarse a la gente de manera íntima, pero también que les demos espacio para ser ellos mismos. El Samaritano se acerca pero también deja al herido en la posada para que él continúe con su propia vida.

Brasil era el país del gran Helder Camara, el santo Arzobispo de Recife. Él es el maravilloso ejemplo de compasión en el primer sentido. Fue acusado de ser comunista porque se preocupó por el pobre que vive en las favelas de las colinas alrededor de la ciudad. Él decía: “Si no voy a las colinas al interior de sus favelas para saludarlos como mis hermanos y hermanas, entonces ellos vendrán de las colinas a las ciudades con banderas y pistolas”.

A veces, cuando Helder Camara oía que un pobre había sido apresado por la policía, llamaba a la policía y decía: “He oído decir que usted ha apresado a mi hermano”. Y la policía se disculpaba: “¡Su Excelencia, ha sido un terrible error!, no sabíamos que era su hermano. ¡Será liberado al momento!”. Y cuando el Arzobispo iba a la comisaría para recoger al hombre, la policía decía: “Pero su Excelencia, él no tiene el mismo apellido que usted” Y Camara replicaba que toda persona pobre era su hermano y su hermana.

Amar al otro es verlo como alguien como tú, un ser humano al igual que tú. San Agustín decía que el amigo es “otro yo”. Él escribió: “Estoy de acuerdo con el poeta que describió a su amigo como ‘la mitad de su propia alma’. Por eso, yo siento que mi alma y la de mis amigos es una sola alma en dos cuerpos”. Cuando nos acercamos a las personas que viven relaciones rotas, o que cohabitan o divorciados y vueltos a casar, nos vemos a nosotros mismos en su posición. Nos identificamos con ellos y sabemos que podríamos estar fácilmente en su situación.

La otra cara de la compasión es aceptar que la otra persona no es como yo. La otra persona es única y no podemos conocer exactamente su sufrimiento. Es verdaderamente irritante si tú estás sufriendo que alguien te diga: “Sé exactamente lo que estás sufriendo”. Quizás has perdido a alguien al que amabas, o estás en el dolor físico del final, y tú quieres gritar: “¡No no lo sabes! ¡Tú no eres yo!” Mi sufrimiento no es exactamente el mismo que el de nadie. ¡Tú nunca has perdido a mi marido o a mi esposa! Tú no sabes lo que es para mí estar frente a la muerte.

La verdadera compasión respeta también la alteridad y el misterio del otro.

¿Cómo puedo crecer en este respeto por la otra persona? Ayer hablaba de cómo mirar al otro. Rezamos para poder ver con los ojos de Jesús. Pero Jesús también se deja ver a sí mismo. Sobre la cruz Él muere desnudo ante nuestros ojos. Sus ojos perciben todos nuestros engaños, pero tiene el coraje de permitirnos verlo a pesar de ello, incluso muerto sobre la cruz cuando no puede mirar a otro lado. Él se confía a nuestra mirada
La verdadera compasión significa que miramos a la gente con amor pero también permitirles que nos vean también. Si sólo nosotros miramos, entonces estamos alardeando de una cierta superioridad. En la iglesia primitiva, en el bautismo éramos despojados de nuestros vestidos. Nos introducíamos desnudos y sin vergüenza en la fuente. No necesitábamos escondernos ante la mirada penetrante de Dios como Adán y Eva después de la caída. Ahora podemos ponernos delante de Dios como somos. Gregorio de Nicea escribía: “Rechazando las hojas marchitas que oscurecen nuestras vidas deberíamos presentarnos de nuevo nosotros mismos ante los ojos de nuestro Creador” (1)

En el matrimonio, e incluso en la vida religiosa, aprendemos la reciprocidad de la compasión. Nos dejamos conmover por lo que la otra persona vive. Miramos a los otros con los ojos abiertos. Pero también debemos atrevernos a dejarnos ver por nuestro cónyuge. No necesitamos esconder nuestras debilidades, nuestras dudas, nuestras inseguridades. Incluso tenemos que estar literalmente desnudos ante el otro, y esto nos exige una gran confianza, especialmente cuando nos hacemos mayores, y más ¡“fofos”!

Comprobaremos que ellos nos mirarán con agradecimiento y comprensión. ¿Tememos que si nuestros cónyuges nos ven como realmente somos, podrían no amarnos nunca más? ¿Nos sentimos impulsados a construir una fachada para ganar admiración más que confiar en su compasivo amor por nosotros? Dios nos ve como somos, y nos ama más que nadie.

Un día, fui a visitar un gran basurero en la periferia de Kingston, Jamaica, donde vivían las personas más miserables. Descubrí una especie de cabaña primitiva, era casi como una gran caja de cartón. Y cuando pasaba cerca, una madre y su joven hijo salieron. Me invitaron a entrar y me ofrecieron una Coca-cola que ellos, yo supuse, habían encontrado en el basurero, y su hijo me ofreció intercambiar nuestras camisetas. Me conmoví profundamente. He conservado esta camiseta durante años. Había encogido bastante. Sucedió que no sólo era que yo los vi, sino que ellos me vieron a mí, yo existí en sus ojos, fui invitado a su casa. Nos vimos mutuamente. Sin esta reciprocidad, incluso la compasión puede convertirse en paternalista e incluso en dominadora.


1) De Virginitate XIII 1,15f, quoted Simon Tugwell OP, The Way of the Preacher London 1979 p.92

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